Sant’Agata sui Due Golfi – Italia

Miraba a la iglesia y las luces que salían de ella alcanzando las casas del otro lado, adornándola.
A la gente andar, comiendo Gelatto, a los turistas tan tarde aún buscando información y comprando tickets para hacer tours al día siguiente a otros puntos de la Costa Amalfitana y a la Isla Capri.
Me perdí un par de veces entre ellos, siendo turista yo también, jugando a usar el poco italiano que sé, y haciendo mímicas para completar lo que no me alcanza con las palabras.

Hoy es un día de fiesta, hoy los Católicos Romanos celebran el ascenso de María, un 16 de Agosto. Por la tarde no había ni un alma respirando en las calles y ahora, a casi medianoche, los Tanos han decidido cerrar sus casas y salir a parlar, a beber birra, a tomar fotos y comer helado.

Unas mesitas se despliegan a uno de los costados de la iglesia vendiendo comida y se me ha hecho imposible no hablar con Marco y su esposa que con su gran sonrisa me invitan a instalarme al frente de su puesto. Ellos venden pasta y otras delicias típicas.
Marco habla inglés perfecto, algo poco común en la zona. Con su esposa nos entendemos con mi italiano chueco, las manos y las risas. Me invitan una Forcella — una especia de pizza pequeña frita — deliciosa. Nos quedamos hablando por un rato de las costumbres Amalfitanas, y de los buses pequeños y repletos de turistas en el verano, de las largas horas de espera que pasé para subirme a uno de ellos, de cómo aprendió él a hablar inglés y cómo yo aprendí mi limitado Italiano.
Marco y su mujer no me aceptaron pagar por la Forcella. Me retiro de allí con el corazón lleno de tanta calidez y con el saborcito a Pizza en la boca que desde ese momento entendí sería difícil de olvidar.

Me senté a respirar el aire del pueblo, que con sus 23 grados es fácil de inhalar. Este pueblo tiene una vibra única y las luces de su iglesia le siguen haciendo ojitos a los míos que se han hecho agua de felicidad. Respirar esa paz y la belleza del lugar es único. Es fácil como su aire.

Los chances de que uno pase desapercibido sentado en una acera en un pueblito Italiano son muy pocas, y tampoco me interesa la soledad esta noche. Se acerca Fabio en su bicicleta a mi pedacito de acera, me habla, le contesto. Nos entendemos con las limitaciones claras del idioma. Me muestra la foto de su Dona, su mujer, que le espera en casa, a la vez que intenta presentarme a su amigo Davide, que aunque tímido no deja de invitarme a una birra, la cual entre bromas he decidido rechazar.
Me despido, y me voy caminando hacia mi hotel.

Y mientras camino tengo que regresar repetidamente la mirada hacia atrás, para volver a mirar la iglesia, y la gente y toda esta escena de medianoche, que tengo la sensación que jamás voy a olvidar y que desde ya empiezo a extrañar.

— Agosto de 2016 —

Mindi

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