Galápagos, Una Historia De Amor. [Parte 1. Santa Cruz]

Has llegado al paraíso. Eso es lo que la vocecita que reside en mi cabeza me dice al salir del aeropuerto en Baltra.
El escenario: completamente diferente al que hubiesen visto mis ojos antes. Terreno árido invadido de cactus, de donde asoman molinos de viento, montañas, volcanes y mucho, mucho mar.

Así nos recibe hoy Galápagos, el archipiélago compuesto por veintidós islas que, desde el momento del arribo, nos muestra que la vida isleña es diferente por donde sea que se la mire, y ya empezaste a descubrirlo desde cuando el bus-transfer te lleva del aeropuerto al puerto para tomar el primero de muchos taxis acuáticos que vendrán, para luego subirte a tu primer taxi que en lugar de auto es una camioneta 4×4… Toda una aventura que vas digiriendo durante la hora que dura el viaje, mientras miras el paisaje que va mutando de desierto volcánico a bosque tropical y viceversa, camino al hostal… ¿Pero cuál hostal?… ¡Es verdad que no tenemos uno aún!…
Así empieza todo esto.

Era 2009 y la idea de viajar empezaba a asomar por mi cabeza por primera vez. Entonces creé mi primer vision board, básicamente un collage de imágenes representando lo que quería manifestar en mi vida. Según éste yo iría a las Islas Galápagos en el 2010, pero… me desvié del camino.
Lo de viajar por el extranjero, otro ítem importante en mi lista, tomó una forma demasiado real y seria, y de a poco me fui yendo a “recorrer el mundo”; un día terminé viviendo en Europa, y desde aquí, siete años más tarde, decidí retomar esa asignatura pendiente.

PUERTO AYORA

Es Febrero de 2017 y encontrar un hostal en Puerto Ayora — puerto principal de Santa Cruz — aún en temporada alta, ha sido fácil. Los hay desde 15 dólares la noche, y si corres con suerte hasta de 12. Hay hostales por todos lados. Hay agencias de viajes también por todos lados.
Podría sonar a que es un sitio hiperpoblado, pero no. Aún siendo Santa Cruz la isla con más habitantes de todo el archipiélago, la sensación es la de estar en un pueblo tranquilo con apenas toques turísticos.

Indudablemente el costo de vida en la isla es más alta que en el continente Ecuatoriano, pero es posible visitar las Galápagos sin tener que pagar cruceros costosos u hoteles de lujo. (Espera mis tips en el próximo post).

El Plan.-

Un plan sin plan que arranca con una pregunta que he lanzado al azar mientras caminamos los cinco por el pueblo con una cerveza Club en mano: ¿Vamos a La Parte Alta? — He dicho, recordando los tips que mi vecino de avión me dio.
Todos estamos de acuerdo — ponernos de acuerdo siempre es fácil — y paramos un taxi que ya sabe mejor que nosotros qué “hay de bueno” en aquella Parte Alta. Chofer y guía turística dos en uno.

Nos lleva por una carretera verde, donde caballos y tortugas asoman por doquier. Donde huele a pasto fresco, ese que no ha sido cortado nunca. Donde la lluvia ha pasado en algún momento no muy lejanos. Donde la tierra huele a tierra de verdad y el pelo te vuela con el viento desde la parte trasera de la camioneta, y el tiempo se detiene y tu vida de ciudad desaparece por completo.
El señor taxista nos lleva a caminar por un Túnel de lava subterráneo, nos espera a la salida de éste y, como última parada, nos lleva a la reserva El Chato, hogar de las endémicas tortugas gigantescas, las Galápagos.
Nos hemos sentado a admirarlas. Su andar es lento. Es terapéutico verlas comer y caminar.

De Noche.-

El centro de Puerto Ayora se ha llenado de transeúntes, una mezcla homogénea de locales y turistas que seguramente han vuelto de sus paseos diarios.
Peculiarmente podrás cenar en el medio de la calle ya que las mesas de los restaurantes se lo han tomado todo. Comerás allí la crème de lo típico ecuatoriano: arroz con menestra (guiso de frijoles o lentejas que siempre estará en el menú, por ejemplo) Pero sin excluir otros gustos, la comida internacional también asomará en los menúes.

Después de cenar, una caminata hacia el puerto descubre menos luminarias en general. Las luces son tenues y suaves y, el movimiento del pueblo que se desacelera paulatinamente. Las calles se van tranquilizando en lo que se avecina el océano, el mismo que con el sonido de sus olas marca la apertura de esta noche mágica que te muestra, sin pena, que las Islas son Encantadas no solo de nombre.
Mientras avanzas los primeros metros por el muelle, Lobos Marinos toman siestas en las bancas del mismo, y otros vagan tranquilos. Pelícanos descansando en las barandas y en los techos. Y cuando asomas tu cabeza hacia el mar, Tiburones pequeños nadando, cardúmenes de peces grandes y pequeños, de colores tan vívidos que ni la noche puede opacar, yendo y viniendo; cangrejos trepando rocas, iguanas nadando, otros lobos flotando de espaldas en este océano Pacífico y refrescante. Y nada más que el ruido de sus olas, el soundtrack oficial de las islas. Nada más que eso.

Que paz…

Estás en el acuario más grande del mundo, me digo a mí misma.
Y me río de la paradoja, lo gracioso que es pensar en esta naturaleza virgen como un acuario, cuando al contrario, el acuario trata de representar esto que vamos perdiendo y que hemos perdido ya en gran cantidad debido a nuestro afán de crear industrias, productos, servicios, para hacer nuestra vida “más fácil”, ¿bajo qué precio?

Su andar y su ser es el flujo de la naturaleza; es la naturaleza misma expresándose a través de ellos y de nosotros.
Te has sentido conectado. Te has sentido uno con todo.

Esa comunión entre Ellos e inclusive con nosotros, ha sido para mí una de las historias más grandes de amor que mis ojos jamás hayan visto… Te suaviza por dentro. Te quita cargas. Te pone liviano.
Y te vas a dormir con una sonrisa en la cara y en el corazón.


De Día.-

Nuestro primer amanecer en las islas arranca con el tour de Bahía.

Estar en este paraíso y no lanzarme del bote para observar el fondo submarino, me parece un precio muy alto que pagar por una fobia. La más grande de mi vida: el mar.
Sabes que puedes enfrentarlo, y sobretodo quieres. Quieres experimentar tu vida al máximo y ninguna fobia se va a interponer entre tú y la vida. Lo tienes claro.
Te armas de valor y decides confiar en el mar luego de ensayar repetidas veces tu mantra “confío infinitamente en el mar”… No lo piensas más, cinco, cuatro, tres, dos… y saltas del bote, dividida entre pánico y valentía, cincuenta/cincuenta.

Lo mejor ha empezado. Le ves la otra cara al archipiélago.
El fondo submarino se despliega ante tus ojos por primera vez a través de tu snorkel. Éste es particularmente muy fructífero, dicen los buzos y snorkels experimentados, y puedo comprobar que es cierto.

Caballos y estrellas de mar, corales, peces de colores, y lo mejor está por llegar:
Dos tortugas han venido a darme la bienvenida. El miedo no puede no hacerse presente. Usas el mantra nuevamente y aún no sabiendo cómo, decides confiar infinitamente en el mar, no hay otra alternativa.
Parece que las tortugas pudiesen oír lo que pienso. Me esquivan y continúan su andar. Entonces otras dos llegan de los lados y nadan en la misma dirección que yo voy.

En ese instante descubro a una quinta, gigante, mucho más grande que yo, debajo de mí. confío infinitamente en el mar. Confío infinitamente en el mar. Entre tanta adrenalina me lo debo repetir tantas veces como sea necesario. Y disfrutas, por un microsegundo, en medio del miedo. Segundos después todas aceleran su andar y desaparecen.

Prueba superada. Check.
Nueva adicción. Check.

EXTRA FEAUTRES.

Destacables por su belleza, estos dos lugares forman parte de las paradas del tour de Bahía, son dos puntos culminantes de los tres días en Santa Cruz.

Las Grietas, Santa Cruz

Playa de los Perros, Santa Cruz

Tortuga Bay.-

Nos hemos marchado intermedio unos días a la Isla Isabela (espera el post), y al volver nos hemos tomado un día de descanso en la paradisíaca Tortuga Bay donde hemos celebrado San Valentín. El lugar ideal para tomar siestas, leer, sacar fotos y relajarse, en esta arena blanca, después de tantos días de actividad física.

Tortuga Bay, Santa Cruz

LA DESPEDIDA.-
Galápagos es sinónimo de unas vacaciones activas, de nadar mucho, caminar, y hasta hacer hike en algún que otro volcán o cerro. Por lo cual al llegar la noche hemos dormido temprano, pero nos hemos enterado que el Bongo Bar está bueno y lo hemos ido a checar. Y no era de esperarse menos, exactamente lo que una experiencia de un bar en Galápagos sería: tomarse un trago en una terraza con vista exclusiva hacia el cielo que estalla de estrellas y dibuja claramente diferentes constelaciones. Una vez más admirando esta naturaleza que tanto bien nos ha hecho en los últimos siete días de nuestras vidas, y así cerrando el capítulo con broche de oro.

Con cariño,
Mindi

2 thoughts on “Galápagos, Una Historia De Amor. [Parte 1. Santa Cruz]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *